|
De
la FORESTA ARTIFICIALE a la FORESTA UMANA
Cuando vivía en Roma, solía subir
al monte Tusculo, desde donde se divisa una panorámica espectacular
de la ciudad.
Un
día subí y encontré el cielo más abierto,
pero el monte ya no era el mismo. Imaginé esos troncos cayendo
con fuerza para cubrir toda la superficie, ahora de forma horizontal.
Vencidos. Tumbados por crecer altos, finos y rectos.
Entre
un amasijo enredado de curvas, mi intuición apunta a una concreta
por la que empezar, tirar y sacarla de entre las demás. Así
se van sucediendo los escogidos. La suerte de ser el elegido significa
ser examinado; pulido, quitando lo que sobra; y protegido, cubriéndole
o vistiéndole como los demás. Así, todos vestidos
iguales, ya nadie sabe cómo es por dentro, si se trataba de un
roble, un castaño o una encina. Sólo se adivina lo que no
puede esconder con el vestido: las curvas que dibuja en el aire, avanzando
en el espacio y en el tiempo de manera libre, para llegar a definirse
en forma. Forma que hablará a los demás, pero no del todo.
Ante esta apariencia, ¿cuál será la tendencia mejor
valorada: la más sencilla, la menos comprometida, la más
fácil...? Quizá será esa línea recta que no
mira hacia los lados, porque sólo busca el objetivo. Posiblemente
llegue antes en el tiempo, pero se pierde los detalles que requieren torcer
y pararse. Es una manera también de hacerse fuerte, de unirse a
los otros que luego viajarán con él.
El
recorrido es...¿el mismo para todos? Entonces importa cómo
recorrerlo. Cómo hacer para destacar sin imitar y sin perder su
diferencia.
Esta
es la exposición colectiva de elementos en sociedad, después
de ser protegidos, colocados en un medio, y habiendo trazado su espacio
a seguir.
Crecen
de distinta manera, se miran unos a otros, pero en definitiva todos comienzan
y terminan igual.
Ramas recogidas tras la deforestación de parte del
monte Tusculo en la primavera de 2006.Roma
|